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Divinas palabras, de Ramón del Valle-Inclán

Divinas palabras, de Ramón del Valle-Inclán1. Breve biografía del autor.
Ramón Valle Peña nació en Villanueva de Arosa en 1866. El escritor deja inconclusos sus estudios de Derecho y hace un caprichoso viaje a México, viaje que le servirá a la hora de escribir Tirano Banderas (1926). Cuando regresó, opta por una vida bohemia en Madrid; en esta ciudad tendrá lugar la famosa pelea, a base de bastonazos, que mantuvo en plena Puerta del Sol con el periodista Manuel Blanco en 1899. Uno de los bastonazos que recibió el escritor hizo que se le clavase un gemelo. Debido a la dejadez de Valle, la herida se infecta y los médicos han de amputarle el brazo izquierdo. Cuando le preguntaban el porqué de su minusvalía, él siempre respondía que se lo había comido un león en singular y fiera batalla. Ramón María del Valle-Inclán publica regularmente en prensa y no tarda en aparecer su primera obra: Seis historias amorosas (1895). Se casa en 1907 con la actriz Josefina Blanco aunque se separa de ella en 1933. El año 1920 es importante para el autor pues publica dos obras esenciales en su producción literaria: Divinas palabras (1920) y Luces de Bohemia (1920), ésta última supuso una magnífica revolución del teatro del siglo XX. Ramón María del Valle-Inclán muere de cáncer en Santiago de Compostela en 1936. Otras obras del autor son: Sonata de Otoño (1902), Flor de santidad (1904), Águila de blasón (1907), Los cuernos de don Friolera (1921) o Las galas del difunto (1926).

2. Contexto literario de la obra.
Como muy bien apunta José García López, si bien ‘algunos críticos suelen incluir a Valle-Inclán en la Generación del 98, poco tiene que ver con ella’, pues no hay ‘preocupaciones de índole intelectual o moral, ni afán de reforma política, ni fervor por la tradición o [por] el paisaje de Castilla’. Por el contrario, observamos que a Valle-Inclán le interesa sobre todo hacer arte.

Podemos diferenciar dos momentos en la obra del genial escritor: un primer estadio esencialmente modernista, es el caso de las Sonatas (1902-1905); y un segundo estadio en donde aparece el esperpento que le sirve para realizar ‘una sátira caricaturesca de la realidad’. He de decir que el teatro del primer tercio del siglo XX es un teatro en crisis (cómo no; pues según algunos siempre lo ha estado y, por lo visto, siempre lo estará, aunque las salas se llenen día tras día) anclado en la vulgaridad debido al mercantilismo que se había apoderado de las salas de representación. Valle-Inclán y Lorca proponen un teatro completamente renovado que ha pasado a la Historia de la Literatura Universal.

3. Comentario de la obra.
Divinas palabras pertenece al ciclo mítico del teatro valleinclanesco. La obra transcurre en un ambiente gallego y misterioso que muestra la decadencia de una sociedad arcaica y rural. Valle-Inclán ha creado un mundo propio que posee una acción dramática muy novelesca y complicada y por la que pululan gran cantidad de personajes. Así, el mundo es como un gran teatro donde el maniqueísmo se manifiesta a través de las acciones humanas. Además, observamos que determinadas fuerzas de índole mágico hacen acto de presencia a través de efectos escenográficos. Estos efectos eran en la época imposibles de representar con lo que la obra quedaba muy deslucida, pues en el teatro de Valle-Inclán la acotación tiene tanta importancia como el propio texto dramático. Aún hoy, muchos de los efectos especiales que ideó Valle-Inclán (adelantándose varios decenios a su tiempo) son completamente irrepresentables.

Pérez Minik dice que ‘es difícil encontrar en todo el teatro europeo de todos los tiempos una obra más desagradable, negra y atrevida. Tiene algo de romance de ciego, mucho […] de escarnio y está como instrumentada con música de feria’. No entendamos estos juicios en el sentido peyorativo de sus palabras, pues, realmente, la obra teatral muestra los aspectos más desagradables de la naturaleza humana. Así, los personajes son símbolos que remiten a impulsos muy elementales y primarios, tales como el deseo, la ambición, el poder o la soberbia en una realidad social concreta y los llevan hasta límites insospechados. Uno de los críticos más serios de nuestro país, Ruiz Ramón añade a estos comentarios que ‘la condición de irracionalidad propia de la crueldad [que está patente] a lo largo y ancho de toda la obra se funde en la escena final con la condición igualmente irracional de la piedad’.

Como dice Gonzalo Sobejano, ‘en Divinas palabras, la cronología es imprecisa [y] la temporalidad, discontinua. La época en que sucede la acción de la tragicomedia apenas aparece aludida’. Además, el espacio de tiempo que abarca la obra es muy extenso rompiendo la unidad de tiempo del teatro clásico.

Es una obra que ya apunta lo que veremos después en Luces de Bohemia: la animalización y posterior ‘muñecalización’ del personaje en ese camino hacia el esperpento, uno de los mayores hallazgos literarios del siglo XX y una de las aportaciones de la Literatura Española a la Literatura Universal. Hemos de estar orgullosos de ello.

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