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El Buscón, de Francisco de Quevedo

1. Breve biografía del autor.
Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid en 1580. Su infancia no fue dichosa pues su padre falleció pronto y queda a cargo de sus tutores. Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares y se licenció en Artes. Sirvió al Duque de Osuna en Sicilia, éste sería, tiempo después, nombrado Virrey de Nápoles tomando a Quevedo como secretario de Hacienda. En esa época, se le encargaron algunas misiones que entrañaban cierto peligro. En el transcurso de una de ellas, hubo de huir a Venecia haciéndose pasar por un mendigo. Cuando al Duque de Osuna se le destituye, Quevedo es enviado al destierro, pero al fallecer Felipe III, regresa a la corte, en donde se le nombra secretario del rey Felipe IV. Se casa (pasados los cincuenta) con una mujer viuda, de la que, no mucho tiempo después, se separó. Se le acusó de haber colocado bajo la servilleta del rey una poesía algo subida de tono y es llevado a prisión, donde pasará cuatro largos años. Al salir del calabozo, viaja a su Torre de Juan Abad para morir, tiempo después, en la localidad de Villanueva de los Infantes. El autor nos deja una increíble producción poética que va desde los delicados y amorosos versos a los más despiadados sonetos satíricos contra todo lo que le desagradaba. La Historia del Buscón don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños (1603) es una de sus más famosas obras. Otras obras del autor son: Sueños (1627), La cuna y la sepultura (1635), El Parnaso español (1648) o Las tres últimas musas (1670).

2. Contexto literario de la obra.
La palabra ‘pícaro’ aparece por primera vez en la farsa Custodia del hombre (1541-1547) de Bartolomé Palau bajo la foma ‘picarote’, sin embargo, en la literatura picaresca, la primera obra que hace mención del término como tal es Guzmán de Alfarache (1559), aunque se considera al Lazarillo de Tormes (1554) como la primera obra picaresca. Las opiniones divergentes que la crítica tiene sobre las características de la literatura picaresca y las obras que integran dicho género son notables. Así, se han aceptado como características generales (aunque no se cumplen en todos los casos) las siguientes: genealogía vil del personaje, soledad del pícaro, servicio a varios amos, afán de ascenso social, matrimonio deshonroso y locuacidad del protagonista. El Buscón (1603) es una obra de juventud que continúa la línea de la ‘picaresca amarga’ que iniciase Guzmán de Alfarache (1559) y que nada tiene que ver con su obra posterior.

3. Comentario de la obra.
A pesar de ser un libro originalísimo, El Buscón está construido muy probablemente a partir de anécdotas, chanzas y cuentos de frecuente circulación en la época. La crítica especializada ha estado tradicionalmente enfrentada defendiendo dos posturas claramente divergentes, por un lado, una parte de los estudiosos ven en la obra un simple compendio de burlas y, por otro, están los que piensan que la ausencia de digresiones motiva a que el lector saque sus propias conclusiones éticas o morales de lo que se cuenta en la obra, otorgándole, de este modo, un carácter más trascendente. En todo caso, y a los ojos del lector actual, es de agradecer que el autor no incluyese esas digresiones morales que tan frecuentes eran en la prosa de la época y que interrumpían la lógica evolución narrativa de la novela. Por el contrario, Quevedo nos muestra, de modo ciertamente cáustico, lo grotesco del mundo en el que se mueve el protagonista. Como señala José García López, ‘la repulsiva figura del pícaro es zarandeada cruelmente por el novelista y viene a ser la concreción de un mundo abyecto en el que sólo tienen existencia las más bajas apetencias y en el que no queda resquicio para el menor idealismo’.

La obra posee una estructura simétrica y se compone de tres libros de distinta extensión. El primero narra la juventud del personaje y su educación. El segundo libro presenta a Pablos como espectador de la sociedad y queda desdibujado porque el resto de personajes tiene más voz y acción, produciéndose un distanciamiento del esquema que veíamos en el Lazarillo. El tercer libro presenta las acciones del personaje en su intento de ascender socialmente, pero, en palabras de Lázaro Carreter, ‘el problema no es ya el de un personaje cristalizado en su inmutable antihonor [como lo era Lázaro de Tormes], sino el de toda una sociedad, cuyas estructuras básicas se problematizan a partir del instante en que el linaje, fundamento de la jerarquía estamental […] se ve minado por la variante fortuna, de tal modo que el estatuto personal […] se hace aleatorio’ permitiéndose, de este modo, la trampa y la usurpación de la clase social. Sin embargo, Quevedo no admite que los personajes que pretenden ascender en la pirámide social triunfen.

Francisco de Quevedo pretende lograr una pintura negra tanto del personaje como del ambiente, presentando una sociedad exagerada y carnavalesca que dista mucho de ser un fiel reflejo de la realidad española de la época. Se aprecia, además, la misoginia del autor, el mensaje antisemita, la sátira contra los que solo pretenden riquezas, contra el mal clérigo y duras críticas contra ese mundo de apariencias tan característico de la corte.

Quisiera reseñar especialmente, la descripción que hace Francisco de Quevedo del Dómine Cabra, ese ‘clérigo cerbatana, largo solo en el talle […] con los ojos avecindados en el cogote’, y que es de un gusto literario exquisito, pocas veces superado en toda la Historia de la Literatura Universal, una sublime maravilla literaria que siempre ha de ponerse de ejemplo cuando de técnica descriptiva hablemos. Pero no sólo se encuentra en este fragmento el reflejo de la singular genialidad de Quevedo, pues se disfruta, a lo largo de toda la obra, de un lenguaje preciosista, fiel reflejo del léxico deslumbrante que posee el autor y engastado en virtuosos recursos estilísticos.

En definitiva, El Buscón es una obra en extremo divertida y de recomendadísima lectura.

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