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Mi gran amigo Daniel Montero, periodista de investigación, (Interviú, La 1, Telecinco, Sexta y autor de La casta) abre el que será, sin duda, a partir de hoy, uno de los medios de comunicación de referencia: Información Sensible. Este nuevo periódico digital es una nueva forma de entender los medios y la relación entre periodistas y ciudadanos. Una apuesta por el periodismo de calidad y por la información libre, sin cortapisas ni intermediarios, que ahora se ha hecho posible gracias a las nuevas tecnologías.
Para presentar la filosofía del proyecto se ha editado este vídeo que constata un nuevo modelo de negocio que se adapta a los nuevos tiempos y revitaliza el periodismo.
IS tiene como único requisito que la información publicada sea de interés general, veraz, contrastada y, lo más importante, independiente sin importar de a quién afecte. De hecho, detrás de Información Sensible no hay grupo de poder alguno. No hay bancos, ni intereses políticos. No hay más que un colectivo de personas interesadas en crear una plataforma donde la información sea libre y donde los periodistas puedan hacer su trabajo sin presiones.
Conociendo como conozco a Daniel Montero y sabiendo cómo trabaja, estoy convencido de que Información Sensible dará mucho que hablar en los próximos meses.
Enlace | Información Sensible
No entiendo que las administraciones públicas tengan, protegidos por los anticuados y rígidos derechos de autor: páginas web, fotografías institucionales e importantes documentos, a pesar de haber sido pagados con el dinero de todos los contribuyentes. Se supone que las administraciones están al servicio del ciudadano y deberían dar el máximo servicio incluyendo, claro está, la libre utilización de los textos y las imágenes que distribuyen. Es incomprensible para mí que, por ejemplo, la web de un ayuntamiento esté protegida por los derechos de autor. No le veo ningún sentido.

Tampoco es de recibo que la Real Academia impida enlazar directamente al contenido de cualquiera de sus sitios web. ¿Es así como se pretende afianzar el crecimiento del español en el mundo y convertirnos en una lengua de ciencia en lugar de ser una lengua utilizada, sobre todo, para comentar actividades cotidianas? Esto es algo que también pasa en el mundo del periodismo: los periódicos han querido, durante mucho tiempo, que Google les pague por poner enlaces directos a los artículos. Como digo, de locos.
La manía por colocar a todo lo que se publica el infame simbolito de la ‘c’ enjaulada en un círculo llega a la locura enfermiza cuando se prohíbe, por ejemplo, sacar fotografías en numerosos lugares debido a las razones más peregrinas (dudo que los flashes de las cámaras fotográficas dañen los candelabros de las iglesias o los muebles de las casas museo, por poner sólo dos ejemplos) y no creo que vaya desencaminado del todo cuando digo que el verdadero motivo está en la venta de libros con buenas fotografías (hechas con flash, faltaría más) y de las licencias de reproducción de las mismas.
El delirio en el uso del copyright llega cuando se prohíbe a los ciudadanos tomar fotografías en la vía pública por la incomprensible razón de que la fachada de tal o cual edificio está protegida por los derechos de autor. Pero, digo yo, ¿qué tiene que ver ese edificio con mi foto? Esto, con todos mis respetos, es censurar al ojo que ve. Las fotografías son una interpretación de la realidad, una visión personal, no son una copia (aunque, en este blog, ya he dicho en otras ocasiones que copiar es, simplemente, duplicar algo, no tiene connotaciones negativas, tampoco positivas). Copiar es el primer paso para avanzar, para innovar, revolucionar las ideas, el arte o la sociedad.

En otros lugares turísticos, son un poco más coherentes y sí nos dejan hacer fotografías pero no podemos venderlas si no nos dan permiso. ¿Nos hemos vuelto locos? Muchos de esos lugares han sido construidos, restaurados, acondicionados con dinero procedente de nuestros impuestos y me reitero, una fotografía es una obra independiente, otra visión de la realidad diferente de la del arquitecto que hizo un edificio determinado. La lógica dice que un fotógrafo podría hacer lo que quisiera con esa fotografía sin tener que pedir permiso a nadie puesto que es obra suya, no está haciendo ninguna réplica de dicho edificio en un solar, lo que tampoco sería negativo, ni punible, a mi modo de ver, otra cosa muy diferente es la cruda realidad.
Un autor es libre de poner la licencia que crea más apropiada a su obra, ya sea la protección total por las leyes de protección de la autoría intelectual o una licencia Creative Commons, lo que no es lógico es proteger con copyright obras pagadas por los ciudadanos o que persigan el bien social, no es lógico pretender tener autoridad legal sobre el ojo que ve.
Ahora, si no están de acuerdo, tienen permiso para despellejarme en los comentarios.
En estos tiempos de crisis mundial, es frecuente escuchar en los medios de comunicación que los gobiernos están tomando urgentes medidas para contentar a los mercados. Gracioso eufemismo para decir ‘especuladores’. Claro, que no suena igual de bien decir que se hacen profundas e impopulares reformas para contentar a los mercados que para contentar a un grupo (más o menos grande) de especuladores. Ejemplo de ello es un reciente titular aparecido en el diario ‘El Mundo’.

Otros artículos sobre manipulación lingüística:
Anoche, en cierto momento del ‘Debate a cinco’ que emitía RTVE, uno de los políticos que allí opinaban sobre quién merecía recibir los votos de los ciudadanos pronunció una expresión que ya había oído otras veces pero que nunca me había parado a analizar: ‘territorios históricos’. Sin duda, una forma muy curiosa, además de manipuladora, pretenciosa, falsa y discriminatoria de referirse a determinadas comunidades autónomas.
En un continente como el nuestro, en el que varias civilizaciones han tenido su lugar, en el que han nacido y han caído grandes imperios, en el que han sucedido acontecimientos que han cambiado el rumbo de la humanidad, querer separar regiones a partir de la historia es poco menos que una falacia.

Estamos ante un sintagma nominal sencillo en su construcción pero peligroso y embaucador en su semántica. El núcleo, la palabra ‘territorios’, evita traer a la conversación palabras, como ‘país’ o ‘nación’, términos que suscitaron agria polémica en los últimos años, sobre todo, cuando se revisaron los estatutos de autonomía y que su uso complicaría la aceptación general de esta etiqueta.
‘Territorios históricos’ contiene un rasgo que marca una línea divisoria ficticia e irreal que separa a unas regiones del resto siguiendo un rasero pretencioso, inventado y sustentado sobre una base falsa. Nuevamente, los políticos se ocupan más de dividir que de unir ya que pueden obtener de ello mejores rentas electorales. Al utilizar esta nueva denominación, no se habla de comunidades autónomas porque eso iguala las regiones y las dota de los mismos derechos según nuestra Constitución. Por el contrario, se ha conseguido inventar una etiqueta que pretende conseguir una ventaja discriminatoria sobre otras regiones. Tal es así, que el adjetivo elegido para calificar a la palabra ‘territorios’ ha sido seleccionado con maldad e inteligencia a partes iguales: ‘históricos’ porque tiene la fuerza suficiente como para seducir y embriagar con sus cantos de sirena a otras regiones que quieran mirar por encima del hombro al resto. Como todas las comunidades autónomas y provincias de nuestro país tienen una larga historia en su haber, todas caben bajo el paraguas que otorga esa etiqueta inventada y, desde el momento en el que manifiesten su adhesión, asumirán de forma consciente (o inconsciente) las reivindicaciones de los inventores y defensores de la expresión ‘territorios históricos’, discriminando a todas aquellas regiones que, teniendo el mismo fondo histórico, no compartan la filosofía y los planteamientos del grupo amparado por la nueva etiqueta. Éstas quedarán en una situación de desventaja.
Mucho hemos de cuidarnos los ciudadanos de los mensajes que recibimos tanto por parte de la clase política como de la publicidad. Nada es dejado al azar y siempre hay una voluntad de seducción que intentará cambiar nuestros planteamientos, en muchos casos, sin que seamos conscientes de ello. Seguiré, en este blog, comentando todos los casos que vaya encontrando.
Otras entradas sobre la manipulación del lenguaje:
Créditos de imagen | Google Maps
Dominar el lenguaje y, por supuesto, manejar a conveniencia los medios de comunicación son la clave para el control del poder, eso lo saben muy bien los poderosos. No vamos a hablar en esta entrada de política, sino de lingüística, de manipulación lingüística, de la seducción de las palabras.
Para entender cómo se produce esta manipulación del lenguaje vamos a centrarnos en un caso práctico reciente: el 15-M. Es necesario tener cierta perspectiva así que hemos de volver la vista atrás: Todos los lectores de este blog tienen conocimiento de la gravísima situación económica por la que atraviesa nuestro país. Puede decirse que el movimiento 15-M nació con la llamada Ley Sinde y el recorte de derechos y libertades que preveía para los ciudadanos (que no internautas, de esto hablaremos en una próxima entrada). Durante las semanas previas a la aprobación, la actividad en la red fue frenética y las manifestaciones en la calle consiguieron hacerse un hueco en la prensa.

El gobierno no escuchó a la ciudadanía y aprobó la Ley Sinde con el consiguiente enfado de la población que se lanzó verter en las redes sociales todo un mar de quejas. Nació entonces la plataforma ‘No les votes’ pidiendo que, en las siguientes elecciones municipales y autonómicas, no se diera el voto a los partidos políticos que habían apoyado la Ley Sinde: PSOE, PP y CiU. Pasó el tiempo y, aparentemente, la situación pareció calmarse. Días antes de las elecciones, el 15 de mayo, se convocó una manifestación en Madrid con el objetivo de pedir a los ciudadanos que no votasen a los partidos que aprobaron la Ley Sinde, además, se aprovechó la ocasión para protestar por la grave situación económica del país, para que se cambiase la ley electoral (con listas abiertas) y para que se castigara de forma firme los casos de corrupción que, por cierto, en las noticias tenían un lugar preeminente durante aquellas semanas.

Las protestas del 15-M tuvieron gran repercusión en medios internacionales y en ellas hubo algunos disturbios, lo que actuó de catalizador, pues, en pocas horas, la protesta se extendió a todo el país y la indignación se instaló en gran parte de la población; los indignados comenzaron a acampar en las plazas de muchas ciudades españolas.
Los ciudadanos que participaban en las manifestaciones y las acampadas serían denominados ‘indignados’ basándose en el libro Indignaos, de Stéphane Hessel uno de los doce redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El término en sí no es peyorativo, pero se ha negativizado al haber sido intencionadamente relacionado con movimientos marginales.

No protestan, no se manifiestan los ciudadanos, se manifiestan sólo los ‘indignados’. Si uno no protesta y no se manifiesta en la calle no es un ‘indignado’. Desde el mismo momento que se etiqueta a una parte de la población, se consigue que el grupo etiquetado quede apartado, aislado del gran conjunto de la sociedad mediante una focalización de las noticias. Tal vez no se consiga de una forma inmediata, pero no tarda en hacer mella.

Los titulares no tardaron en girar el sentido con el que parecía tratarse la indignación y el sentir general de la ciudadanía y lo que llegaba a través de los medios de comunicación era que los indignados no eran más que un grupo de descontrolados.


Hasta que se produce lo inevitable. La saturación por la enorme cantidad de información ofrecida así como algunos actos más o menos desafortunados protagonizados por algunos ‘indignados’ hacen que el término ‘indignado’ sea despojado de sus connotaciones originales para pasar a recoger nuevas acepciones que lo ubican rozando la marginalidad.

Y se llega al término de un proceso de desgaste, según este titular, los ciudadanos están hartos de los ‘indignados’. La ciudadanía, aquella que protagonizó unas protestas que abrieron los informativos de todo el mundo, estaba harta de sí misma, harta de la indignación porque el término ha quedado viciado.

Se ha conseguido poner a una parte de la sociedad en contra de los que siguen protestando. No es que se haya anulado o conseguido desactivar la protesta, pero sí parece haberse logrado cierto rechazo a esa forma de protestar o, por lo menos, a los actos de los ‘indignados’. Ahora mismo, a pesar de que las protestas fueron protagonizas por personas de toda condición social y edad, ahora parece que, por la presión lingüística ejercida y por el agotamiento del término, para muchos, un indignado es una persona que protesta por cualquier cosa, un perroflauta.
El juego de la política se basa en explotar las diferencias en lugar de unir a los pueblos para obtener rentabilidad política. El 15-M quería una democracia mejor, un país mejor, una economía más fuerte y leyes más justas. ¿Quién no quiere eso? A las personas que lo piden se les pone el calificativo de ‘indignados’ y se les separa de la ciudadanía para que una buena parte de la sociedad no se sienta identificados con ellos. Es más, en los últimos días de la acampada en la Puerta del Sol, el lugar se volvió inhabitable. La policía dejó que entraran y pernoctaran en la plaza personas que no parecían tener ningún interés en las reivindicaciones sociales, más bien eran maleantes y gentes de mal vivir que hicieron de la Puerta del Sol un lugar peligroso, así, a la plataforma del 15-M se le quitarían las ganas de seguir acampada. Desalojada la plaza, la policía volvió a expulsar al extrarradio a todos aquellos a los que, normalmente, uno no se los encuentra en Sol.
Créditos de foto | sinsistema
Créditos de foto | gaelx
La magnífica entrada de hoy de Ignacio Escolar me ha traído a la memoria algunos de los fantásticos libros que Álex Grijelmo publicó sobre el uso pretencioso del lenguaje por parte de la clase dominante. Se trata de dos libros de obligada lectura para todo aquél que ame nuestro idioma: Defensa apasionada del idioma español y La seducción de las palabras. Aunque el primero de ellos fue publicado hace ya unos años y el panorama lingüístico ha cambiado bastante, es una de esas obras que agitan la conciencia de uno. Según se avanza en la lectura, el corazón se acelera por la trascendencia de sus exposiciones, por los éxitos de nuestro idioma pero también por los peligros y las tensiones a las que se ve sometido. El autor nos dice que es una defensa apasionada y vaya si lo es porque, tras haberlo leído, es imposible no tomar partido. La segunda de las obras mencionadas antes está dedicada a la manipulación de la conciencia social a través del lenguaje, el análisis que hace Grijelmo es tan directo que el lector despierta violentamente del dulce sueño de mentiras y engaños en el que se encontraba. Lo consigue exactamente igual que lo hace Ignacio Escolar en el día de hoy. Me permito la licencia, y discúlpenme por ello, de fusilar íntegra la entrada que nos ocupa porque es para enmarcarla y colgarla en un museo.
La escritura no nació ni para la poesía ni para la ciencia ni para las cartas de amor. Como decía el antropólogo Claude Lévi-Strauss, ‘la función principal de la escritura antigua era facilitar la esclavización de otros seres humanos’. Al igual que otras tecnologías, la bendita palabra escrita se inventó como una herramienta de dominación: como un instrumento al servicio de los reyes y sacerdotes sumerios, que usaban a sus escribas para cobrar impuestos, contar esclavos, sacos de trigo y cabras, y administrar un imperio en expansión.
El arte y el conocimiento llegaron a los libros mucho después. Pero los usos perversos del lenguaje como palanca para el control social aún siguen ahí, aunque ahora el más preocupante es otro: la propaganda. Cualquier manipulación empieza siempre en el diccionario. Por eso llaman ‘gasto’ al dinero invertido en guarderías, o en salud, o en pensiones, pero califican como ‘inversión’ a cualquier presupuesto empleado en infraestructuras, aunque sean tan inútiles como esos trenes AVE que hasta hace nada circulaban casi vacíos entre Toledo y Albacete.
La última de esas trampas en la lengua aún no está en el diccionario de la RAE, pero ya es de uso común: el ‘copago’. Nombran así a un modelo de sanidad pública como el que ahora estrenará Italia: 25 euros por cada visita a urgencias, otros 10 por cada cita con el especialista. Lo llaman copago y no lo es: la palabra correcta sería ‘repago’ porque la sanidad ya la pagamos a través de los impuestos. El llamado copago consiste, para entendernos, en que paguen más por la sanidad los enfermos, y no los que más ganen. Es un impuesto indirecto que grava a la enfermedad y a la vejez.
Fuente |
Escolar.net
Definir palabras y conceptos es una tarea muy complicada, todo lexicógrafo lo sabe y, por regla general, todos los alumnos lo han sufrido a lo largo de su vida estudiantil. Los expertos que hacen el diccionario de la Real Academia suelen ir con pies de plomo en el proceso de incorporación de nuevos términos al DRAE pero, en ocasiones se producen lamentables errores. Ayer, vía @soulseekers tenía conocimiento de la cuarta acepción de la palabra ‘callo’:

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La definición correcta debería ser:
Callo. 4. m. coloq. Persona muy fea.