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Manipulación lingüística: becario con experiencia

Es muy fácil que las palabras que se usan gratuitamente queden contaminadas por significados que se alejan de su concepción original. En el caso de manipulación lingüística que nos ocupa, podemos definir ‘becario’ como ‘aquel universitario que completa su formación académica participando en un programa que le ofrece, durante un corto periodo de tiempo, un trabajo en empresas adscritas por el que recibe un pequeño salario’. Hasta aquí todo claro, sin embargo, son conocidos por la ciudadanía los excesos que algunas empresas han cometido con los becarios en las últimas décadas. Para este post quiero mostrar un sangrante ejemplo de manipulación lingüística:

Cierta empresa, muy conocida, publicaba hace unos meses el anuncio que está sobre estas líneas en su página de Facebook. La empresa buscaba ‘becari@s con conocimientos previos en logística y HTML’. Dado que un becario no ha trabajado nunca (por lo que no tiene experiencia laboral alguna) y participa en el programa para obtener, precisamente, esa experiencia práctica del área que está estudiando, es imposible que encuentren a un candidato que se ajuste a lo que buscan.

Así pues, lo que tendría que decir el anuncio debería ser algo como ‘estamos buscando profesionales que sepan que no van a ganar mucho dinero con nosotros y que tengan experiencia en logística y HTML’. ¿Este anuncio fue un lapsus del Community Manager o contenía una intención encubierta utilizando la seducción de la palabra ‘becario’?

Manipulación lingüística: ¿español o castellano?

Con cierta frecuencia, conocidos, amigos y alumnos me suelen preguntar si nosotros hablamos español o castellano y qué diferencia hay entre ambas denominaciones. Me lo preguntan expectantes, como esperando una controvertida respuesta que dé pie a un acalorado debate sobre la política nacional, el fútbol y otros temas aledaños que absolutamente nada tienen que ver con el lenguaje. Quizá por ello, se sorprendan en cierta medida cuando les contesto que, simplemente, son sinónimos. Dando un leve respingo, suelen decir: ‘¡Ah!… ¿Y ya está? ¿Son sinónimos?’. ‘Sí’, respondo. Fin del debate.

Como ya he dicho anteriormente, en esta serie de posts sobre manipulación lingüística, los políticos son especialistas en crear barreras. Curioso, ¿verdad? En lugar de buscar la unión entre los pueblos y el bienestar social, persiguen réditos políticos creando diferencias que les permitan ganar elecciones. Suele funcionar muy bien: los de aquí contra los de allí y los de allí quieren todo lo que hay aquí, no les dejaremos porque los de allí no nos entienden, nosotros no somos como ellos, somos diferentes, por eso no les gustamos, parecen odiarnos. ¿Les suena? Nada que ver con el idioma, ¿verdad?

Nos dicen que debemos utilizar el término ‘castellano’ cuando hablamos de las diferentes lenguas de la península, sin embargo, español y castellano son sinónimos de una misma lengua y punto. Todo lo demás son atributos interesados que han sido impuestos por una parte de la clase política o por sus seguidores con el fin de diferenciar lo que no es diferente. El español es el castellano y a la inversa. Y es que, cuando alguien me dice que habla castellano entiendo exactamente lo mismo que si dijera que habla español. Sin artificios, sin consideraciones políticas, territoriales, históricas o sociales.

¿Ven qué potente es la manipulación lingüística?

Manipulación lingüística: La piratería

En los años 80 se popularizó el término ‘pirata’ para referirse a toda aquella persona que copiaba un disco, un programa, un videojuego, etc. La compartición entre usuarios amenazaba el control que la industria de los contenidos ejercía sobre el mercado y ésta no estaba dispuesta a permitirlo. Para conseguir sus objetivos, puso todos los medios a su alcance. Entre otras acciones reprobables, se permitió el lujo de calificar a los ciudadanos de ‘ladrones’ con un término muy gráfico y representativo: ‘piratas’. Muchos usuarios aceptaron, sin pensar demasiado, el calificativo. Nació así un nuevo concepto completamente artificial e inventado: el de ‘piratería de contenidos digitales’.

Un pirata es una persona cruel y despiadada que roba y mata en el mar. Los ciudadanos que comparten conocimiento no son ni ladrones, ni crueles, ni despiadados, tampoco. De todos es sabido que el número estimado de copias hechas -de un disco, por ejemplo- no es equivalente al mismo número en ventas.

Copiar es copiar, no es robar. Copiar es, simplemente, duplicar algo, no tiene ninguna otra connotación, ni negativa, ni positiva. Llamar piratería a copiar algo es una vileza y una maldad. El que copia no es un pirata y la piratería, en tierra firme, no existe.

Manipulación lingüística: Víctimas colaterales

En periodos de guerra, el control de la opinión pública se convierte en una de las prioridades de los gobernantes. La verdad desaparece y las cifras siempre están maquilladas pues no conviene que los conflictos bélicos se hagan más impopulares de lo que ya son. Para conseguir que la población siga apoyando la intervención la nación en una guerra se utilizan muy diversos procesos y recursos, muchos de ellos, lingüísticos.

Uno de los más sangrantes es el de ‘víctimas colaterales’ un eufemismo muy descarado para decir ‘asesinato de civiles’, generalmente niños, mujeres, ancianos y personas que nada tienen que ver con el ejército. Son un grupo de población que sufre el llamado ‘daño colateral’. El término ‘colateral’ saca la atención del conflicto, es marginal, tangencial, ‘lateral’; hasta parece que haya cierta responsabilidad por parte de la víctima por estar donde no debía en el peor momento posible.

En los últimos años han sido víctimas colaterales familias que celebraban bodas en Afganistán y fueron masacradas por bombas estadounidenses, niños palestinos que se encontraron en medio del fuego cruzado en Israel, víctimas de los francotiradores en la antigua Yugoslavia, periodistas que grababan desde la terraza de un hotel… Todos muertos, todos asesinados. Para referirse a ellos, tanto los políticos como los medios de comunicación prefieren decir ‘víctimas colaterales’, es mucho más cómodo despersonalizar los tremendos errores de soldados y mandos del ejército. En las ruedas de prensa, siempre se tiene la impresión de que esas ‘víctimas colaterales’ estaban ahí, donde no debían estar, su muerte fue inevitable y, precisamente por ello, la responsabilidad por haber cometido un horrendo asesinato de civiles queda diluida, convertida en humo y lo más lamentable es que nosotros, los ciudadanos, lo aceptamos sin más e, incluso, incorporamos la denominación de ‘víctimas colaterales’ a nuestro vocabulario sin plantearnos realmente su significado. El horror de la guerra suele quedar tan lejos cuando uno ve la televisión desde casa…

Créditos de imagen | Isafmedia

Los territorios históricos

Anoche, en cierto momento del ‘Debate a cinco’ que emitía RTVE, uno de los políticos que allí opinaban sobre quién merecía recibir los votos de los ciudadanos pronunció una expresión que ya había oído otras veces pero que nunca me había parado a analizar: ‘territorios históricos’. Sin duda, una forma muy curiosa, además de manipuladora, pretenciosa, falsa y discriminatoria de referirse a determinadas comunidades autónomas.

En un continente como el nuestro, en el que varias civilizaciones han tenido su lugar, en el que han nacido y han caído grandes imperios, en el que han sucedido acontecimientos que han cambiado el rumbo de la humanidad, querer separar regiones a partir de la historia es poco menos que una falacia.

Estamos ante un sintagma nominal sencillo en su construcción pero peligroso y embaucador en su semántica. El núcleo, la palabra ‘territorios’, evita traer a la conversación palabras, como ‘país’ o ‘nación’, términos que suscitaron agria polémica en los últimos años, sobre todo, cuando se revisaron los estatutos de autonomía y que su uso complicaría la aceptación general de esta etiqueta.

‘Territorios históricos’ contiene un rasgo que marca una línea divisoria ficticia e irreal que separa a unas regiones del resto siguiendo un rasero pretencioso, inventado y sustentado sobre una base falsa. Nuevamente, los políticos se ocupan más de dividir que de unir ya que pueden obtener de ello mejores rentas electorales. Al utilizar esta nueva denominación, no se habla de  comunidades autónomas porque eso iguala las regiones y las dota de los mismos derechos según nuestra Constitución. Por el contrario, se ha conseguido inventar una etiqueta que pretende conseguir una ventaja discriminatoria sobre otras regiones. Tal es así, que el adjetivo elegido para calificar a la palabra ‘territorios’ ha sido seleccionado con maldad e inteligencia a partes iguales: ‘históricos’ porque tiene la fuerza suficiente como para seducir y embriagar con sus cantos de sirena a otras regiones que quieran mirar por encima del hombro al resto. Como todas las comunidades autónomas y provincias de nuestro país tienen una larga historia en su haber, todas caben bajo el paraguas que otorga esa etiqueta inventada y, desde el momento en el que manifiesten su adhesión, asumirán de forma consciente (o inconsciente) las reivindicaciones de los inventores y defensores de la expresión ‘territorios históricos’, discriminando a todas aquellas regiones que, teniendo el mismo fondo histórico, no compartan la filosofía y los planteamientos del grupo amparado por la nueva etiqueta. Éstas quedarán en una situación de desventaja.

Mucho hemos de cuidarnos los ciudadanos de los mensajes que recibimos tanto por parte de la clase política como de la publicidad. Nada es dejado al azar y siempre hay una voluntad de seducción que intentará cambiar nuestros planteamientos, en muchos casos, sin que seamos conscientes de ello. Seguiré, en este blog, comentando todos los casos que vaya encontrando.

Otras entradas sobre la manipulación del lenguaje:

Créditos de imagen | Google Maps

El uso perverso y seductor de las palabras

La magnífica entrada de hoy de Ignacio Escolar me ha traído a la memoria algunos de los fantásticos libros que Álex Grijelmo publicó sobre el uso pretencioso del lenguaje por parte de la clase dominante. Se trata de dos libros de obligada lectura para todo aquél que ame nuestro idioma: Defensa apasionada del idioma español y La seducción de las palabras. Aunque el primero de ellos fue publicado hace ya unos años y el panorama lingüístico ha cambiado bastante, es una de esas obras que agitan la conciencia de uno. Según se avanza en la lectura, el corazón se acelera por la trascendencia de sus exposiciones, por los éxitos de nuestro idioma pero también por los peligros y las tensiones a las que se ve sometido. El autor nos dice que es una defensa apasionada y vaya si lo es porque, tras haberlo leído, es imposible no tomar partido. La segunda de las obras mencionadas antes está dedicada a la manipulación de la conciencia social a través del lenguaje, el análisis que hace Grijelmo es tan directo que el lector despierta violentamente del dulce sueño de mentiras y engaños en el que se encontraba. Lo consigue exactamente igual que lo hace Ignacio Escolar en el día de hoy. Me permito la licencia, y  discúlpenme por ello, de fusilar íntegra la entrada que nos ocupa porque es para enmarcarla y colgarla en un museo.

La escritura no nació ni para la poesía ni para la ciencia ni para las cartas de amor. Como decía el antropólogo Claude Lévi-Strauss, ‘la función principal de la escritura antigua era facilitar la esclavización de otros seres humanos’. Al igual que otras tecnologías, la bendita palabra escrita se inventó como una herramienta de dominación: como un instrumento al servicio de los reyes y sacerdotes sumerios, que usaban a sus escribas para cobrar impuestos, contar esclavos, sacos de trigo y cabras, y administrar un imperio en expansión.

El arte y el conocimiento llegaron a los libros mucho después. Pero los usos perversos del lenguaje como palanca para el control social aún siguen ahí, aunque ahora el más preocupante es otro: la propaganda. Cualquier manipulación empieza siempre en el diccionario. Por eso llaman ‘gasto’ al dinero invertido en guarderías, o en salud, o en pensiones, pero califican como ‘inversión’ a cualquier presupuesto empleado en infraestructuras, aunque sean tan inútiles como esos trenes AVE que hasta hace nada circulaban casi vacíos entre Toledo y Albacete.

La última de esas trampas en la lengua aún no está en el diccionario de la RAE, pero ya es de uso común: el ‘copago’. Nombran así a un modelo de sanidad pública como el que ahora estrenará Italia: 25 euros por cada visita a urgencias, otros 10 por cada cita con el especialista. Lo llaman copago y no lo es: la palabra correcta sería ‘repago’ porque la sanidad ya la pagamos a través de los impuestos. El llamado copago consiste, para entendernos, en que paguen más por la sanidad los enfermos, y no los que más ganen. Es un impuesto indirecto que grava a la enfermedad y a la vejez.

Fuente | Escolar.net