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El guitarrista, de Luis Landero

1. Breve biografía del autor.
Luis Landero nació en Alburquerque (Badajoz) en 1948. A comienzos de la década de los 60 emigró a la capital de España. Para poder sufragar tanto los estudios de bachillerato como los universitarios, tuvo que desempeñar los oficios más diversos, entre ellos el de guitarrista de flamenco. Tras licenciarse por la Universidad de Madrid en Filología Hispánica trabaja en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, donde sigue ejerciendo la docencia en la actualidad. Su primera novela Juegos de la edad tardía (1989) cosecha un espectacular éxito y es alabada tanto por la crítica como por el público en general. La siguiente novela que publica, no hace sino confirmar que es un novelista a tener muy en cuenta pues Caballeros de fortuna (1994) fue igualmente muy bien recibida. Luis Landero ha promovido un curioso y loable proyecto llamado 15 líneas: una vez al año se celebra un concurso de miniaturas o microcuentos cuyo premio no es otro que una botella de Anís del Mono en un intento de recuperar los ecos vanguardistas y proponer cosas interesantes al público lector. Se han publicado dos volúmenes con microcuentos de calidad variada, si bien los libros, en general, son tremendamente divertidos. Otras obras del autor son: El mágico aprendiz (1999), Entre líneas: el cuento o la vida (1996) o Retrato de un hombre inmaduro (2009).

2. Contexto literario de la obra.
Luis Landero es uno de los escritores más serios de nuestra geografía y uno de los que mejor literatura escribe. De carácter un tanto reservado, no es de los que publiquen un libro por año, por el contrario, medita bien sus escritos y los entrega a la editorial sólo cuando está satisfecho de ellos y, eso se nota y se agradece en estos tiempos en los que se publica mucha banal y caduca literatura. De todos los autores que escriben hoy en día, es muy probable que, únicamente, media decena de ellos resistan al paso del tiempo y sigan siendo leídos dentro de cincuenta años. Luis Landero ha presentado una seria candidatura a integrar ese grupo de buenos literatos. El tiempo nos dirá. Lo que sí sabemos, hoy por hoy, es que su literatura es de lo mejorcito que se publica en España.

3. Comentario de la obra.
El guitarrista es una obra correcta que posee ciertas reminiscencias cervantinas (pues las similitudes con El curioso impertinente son evidentes) y barojianas (en su concepción y tratamiento de los personajes). Toda la narración está supeditada al uso de la primera persona, elemento fundamental que hace que las inseguridades e incertidumbres que sufre el protagonista se nos muestren de un modo que roza la confidencia. Luis Landero, además, ha vertido en la obra -como él mismo ha reconocido públicamente- todo un torrente de experiencia vital, lo que hace que podamos tildar la obra de semi-autobiográfica. Como asegura Ricardo Senabre, El guitarrista ‘se mantiene en esa sutil frontera entre lo literario y lo histórico que invita al lector indistintamente a leer la ficción como realidad o la realidad como ficción’. Aunque no deja esto de ser anecdótico, pues la valía de la novela radica en la seriedad con la que está construida y el trasfondo psicológico que sustenta a los personajes, sí es algo a tener en cuenta para comprender la trascendencia de la obra.

El protagonista, un adolescente llamado Emilio, va descubriendo el mundo de la mano de las personas que le rodean: su primo Raimundo, Adrianita (la mujer de su jefe) y Rodó (un escritor frustrado que trabaja en la Biblioteca Nacional). Se percibe un aire de tristeza que va mitigándose paulatinamente -sin llegar a extinguirse del todo- debido a la influencia que ejerce Adriana sobre Emilio, pues es una mujer bellísima que enamora al protagonista. Los peores augurios se confirman y la fatalidad hará que la tristeza regrese con renovada fuerza hacia el final de la novela. Todos los sueños de Emilio se truncan y el fracaso se cierne sobre él como una amenaza ignota; sin embargo, la narración está construida de modo que pensemos que la obra es producto de la evolución vital del protagonista, debido, en gran parte, a ese elemento semi-autobiográfico del que hablábamos antes. Así pues, el fracaso queda apartado, soslayado -que no vencido- mientras Emilio sigue buscando el lugar que, en el mundo, le corresponde. Las ideas que, sobre Schopenhauer, le transmite su profesor de filosofía en la academia en que prepara el bachillerato anidan en el protagonista tiñendo su vida de un gris que no parece querer abandonar la escena, puesto que, incluso, en los momentos en los que las ensoñaciones y demás fantasías de este adolescente parecen más cerca de convertirse en reales, determinados elementos nos devuelven violentamente a la cruda y triste realidad.

Además, el autor realiza un preciso análisis del proceso creativo, de sus dificultades y sus peligros que merece ser leído detenidamente. La fugacidad de la vida, el vaporoso mundo de la farándula y la irrealidad de una fama aún no conseguida, otorgan a la narración una perspectiva cerrada en donde no parece vislumbrarse ninguna salida posible y no queda otro remedio que asumir las cargas que la vida nos impone y tirar hacia delante.

En la obra se dice que ‘un escritor es, más que nada, alguien que posee el don del asombro y sabe transmitirlo. El don de singularizar lo que ve’. En efecto, y Landero lo consigue magníficamente. El autor aseguró en una entrevista publicada en ‘El País’ que el escritor debe ‘aprender a callar a tiempo’ dejando así que la novela despierte la imaginación de aquél que la lee y esto únicamente se consigue cuando se toca la fibra sensible del lector. Podemos estar seguros de que, en este caso, lo ha hecho.

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