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Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

1. Breve biografía del autor.
Jorge Manrique nació en Paredes de Nava en 1440. Su madre fallece en 1445, siendo Jorge un niño de cinco años. Ingresó en la Orden de Santiago y fue protegido de don Alfonso, el hermano de Isabel, la Católica. Manrique, gran enemigo de don Álvaro de Luna, participó en la lucha de poder que motivó que los Reyes Católicos accedieran al trono (en concreto en el bando de los que apoyaban a Isabel) y que dejó fuera de la carrera por el poder a Juana la Beltraneja. Jorge Manrique falleció de una lanzada en los riñones en 1479 en los muros del castillo de Garci-Muñoz en el transcurso de una emboscada.

2. Contexto literario de la obra.
La poesía cortesana del siglo XV se caracteriza por el retroceso del gallego en las composiciones poéticas y el avance del castellano para tales menesteres. En esta época de conjuras e intrigas palatinas, la sátira floreció con notable éxito. Grandes figuras literarias de la época son Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique. La obra poética de este último es muy breve y tradicionalmente se ha clasificado en poesía moral, burlesca y amorosa. Jorge Manrique es amigo de Juan de Mena y está influido por su estilo latinizante. Hay escritores que se pasan toda la vida escribiendo miles de páginas que caen en el pozo del olvido incluso antes de su muerte y otros como San Juan de la Cruz o Jorge Manrique que, con apenas unos folios, han pasado a la historia de la literatura y su estudio es indispensable.

3. Comentario de la obra.
El poema utiliza la sextina de pie quebrado con un lenguaje accesible y sencillo. Desde el mismo comienzo de la obra ya se nos alerta sobre la fugacidad de la vida. Para muchos, éste es casi el único tema que trata la obra, sin embargo, las Coplas poseen una pluralidad temática que nos da idea de su importancia en la historia de la literatura.

Podemos dividir la obra en tres partes: la primera (hasta la copla 14), de carácter filosófico y universal, donde el autor hace reflexiones sobre la muerte y se nos exhorta a que advirtamos la fugacidad de la vida terrenal. La segunda parte (hasta la copla 24) en la que pasa revista a ciertos personajes célebres, y una última parte (de la copla 24 en adelante) en la que se centra en la figura de su padre.

Gran parte de la crítica ha señalado que las Coplas poseen un carácter tal que se pueden considerar casi como renacentistas. Esto, que puede parecer lógico hasta cierto punto, es un grave error, pues como asegura José García López con su usual concisión y acierto (no me cansaré jamás de alabar las virtudes de este genial crítico), ‘la lección moral que se extrae de la nostálgica consideración de la fugacidad de las cosas terrenas -tan distante de la jubilosa invitación al goce de la vida- la sitúa de lleno en la literatura medieval’. En todo caso, esto nos sirve para comprobar, una vez más, que en España no existe una clara división entre la Edad Media y el Renacimiento. El interés por la muerte que se da desde el siglo XIV al XV es debido -según Américo Castro- al paulatino interés que se producía por la vida, pues cuando más valor adquiría ésta, más conciencia tomaban los hombres de su brevedad. ‘Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir’. La muerte, que nos llega a todos de forma inevitable, es nuestro destino común, el de nuestras vidas, pues el tiempo fluye imparable como el río que desemboca en el mar. Así, lo material queda devaluado ‘pues ves de quánd poco valor / son las cosas tras que andamos / y corremos, / que, en este mundo traydor, / haun primero que muramos / las perdemos’.

A la hora de componer las coplas, Jorge Manrique opta por no seguir el modelo truculento que se apreciaba en la Dança general de la muerte por considerarla superficial y dada a la fácil espectacularidad. Pedro Salinas, uno de los más destacados poetas del Grupo del 27, decía que lo que el autor deseaba era ’llegar al fondo del alma, y no quedarse en estas sacudidas melodramáticas con que escalofría lo macabro’. De este modo, el autor combina lo pagano con lo cristino para crear unas composiciones poéticas verdaderamente magistrales. La obra puede ser considerada como una elegía funeral en la que se produce una reflexión entre la vida y la muerte y, por otro lado, se considera al muerto, modelo de comportamiento y virtudes. Así, con intenso valor emotivo y no poca solemnidad, se rememora la figura de su padre.

Quisiera llamar la atención del lector acerca del empleo que hace Jorge Manrique del ubi sunt. En palabras de Carmen Díaz Castañón, ‘el autor rechaza explícitamente la recurrencia tópica a la evocación de las glorias antiguas, de esos personajes demasiado ajenos, demasiados indirectos, demasiado fríos para dar fuerza de convicción en el corazón de los presentes’ y determina atenerse a siete personajes más cercanos e inmediatos para los lectores de la época siguiendo un orden jerárquico y no cronológico para enjuiciar las vanidades del mundo.

Esta obra de Jorge Manrique se constituye como el mejor poema lírico de toda la poesía medieval castellana y, por supuesto, muy superior a mucho de lo que se escribe en la actualidad. Indispensable para quien no lo haya leído. Una verdadera delicia.

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