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Los heraldos negros, de César Vallejo

1. Breve biografía del autor.
César Vallejo nació en Santiago de Cucho (Perú) en 1892. Tiene que trabajar de minero para costearse sus estudios universitarios en la ciudad de Trujillo. En 1915 logra graduarse en letras con la tesis ‘El Romanticismo en la poesía castellana’. En 1917 se traslada a Lima y, un año después, publica su primer libro: Los heraldos negros (1918), en el que se observa ya una clara voluntad de ruptura. Llegan años difíciles para César Vallejo pues muere su madre y poco después, en una revuelta popular, se le acusa sin pruebas de incendiar un establecimiento de Trujillo y se le encarcela. Su prisión durará cuatro meses en los que cree morir. Poco a poco su mente va creando una serie de poemas que constituyen una auténtica revolución poética en la que se aprecia un marcado sentimiento de orfandad en el mundo, estos poemas se recogerán en Trilce (1922), obra que no fue bien acogida en la época. Visita Madrid en 1931 y se inscribe en el Partido Comunista Español. Asiste en 1937 al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se celebró en Valencia. El dolor que le produce la Guerra Civil motiva España, aparta de mí ese cáliz (1937-1938) que contiene una poesía desgarrada que lucha por la libertad en medio del dolor que le produce la fraticida contienda. César Vallejo falleció en París en 1938. Otras obras del autor son: Fabla salvaje (1923), Tungsteno (1931), Poemas humanos (1937).

2. Contexto literario de la obra.
Podemos considerar que el Modernismo fue la primera vanguardia, una vanguardia mediatizada por las influencias simbolistas que provenían de Francia. Los poetas modernistas se rebelaban contra el orden establecido cantando a cosas superfluas, lo que hace que no tarde este movimiento en agotarse. Pronto, el Posmodernismo (término puramente cronológico que simplemente hace mención a lo que se publica después de las obras de Rubén Darío) convivirá con las denominadas vanguardias históricas (Futurismo, Creacionismo, Cubismo y Surrealismo). Los dos poetas vanguardistas de mayor relevancia son César Vallejo y Vicente Huidobro. En Los heraldos negros (1918) ya se percibe a ese poeta que veremos en Trilce (1922), una de las mejores obras que jamás ha dado la poesía hispanoamericana.

3. Comentario de la obra.
Observamos algunos reflejos de índole modernista que matizan lo que de simbolista encontramos en Los heraldos negros, un simbolismo acompañado de ciertos elementos indigenistas que lo enriquecen. En este modernismo hay avances hacia la creación de un lenguaje audaz, de vanguardia, percibiéndose en algunos momentos un lenguaje que avecina ya lo que será el complejísimo Vallejo posterior, el Vallejo de Trilce. Frente al poeta dios del Creacionismo, frente al poeta que lanza sus hipótesis y especula continuamente (Borges) o frente a la actitud de Neruda como poeta que cuenta la historia, se erige un Vallejo que sorprende desde el principio con un ‘yo no sé’ que se convertirá en elemento recurrente en su obra. Efectivamente, como señala Américo Ferrari, hay en Los heraldos negros dos libros que reflejan esencialmente dos formas de hacer poesía. Una, caracterizada por ‘lo abrupto, interrogante, caviloso, hermético y que se resiste a todo intento de clasificación’ y otra, donde se observa ‘un estilo modernista bastante trasnochado en el que es patente la influencia de [Rubén] Darío y, sobre todo de Herrera y Reissig’.

Es relevante la presencia del niño huérfano que ha perdido el hogar en alusión a una humanidad desvalida, sumida en el desamparo, que ha perdido el paraíso y desconoce su destino. Como podemos comprobar, César Vallejo usa los símbolos de tal manera que nuestra mente habrá de esforzarse por realizar un proceso de abstracción para extraer el significado a la imagen poética y, de este modo, comprender el significado del poema. El poeta presenta a un Dios impotente de resolver los problemas del mundo a la vez que otorga un valor moral y espiritual a la comida, símbolo de unión y fraternidad. En el poema ‘La cena miserable’ observamos la visión unitaria de cuerpo y alma en el hombre e, incluso, se nos presenta a un Dios con rasgos eróticos en el que apreciamos un trasfondo amargo, ya que el erotismo es una forma de evasión, de esperanza que, sin embargo, no soluciona nada. No acaban aquí las referencias de César Vallejo a la divinidad pues, incluso, el poeta compara a Dios con un vendedor de lotería, haciendo énfasis en la determinante influencia del azar en nuestras vidas. Así, estamos ante un Dios hostil al que el hombre no puede recurrir en busca de ayuda, lo que acentúa su soledad y su desamparo en la tierra.

Américo Ferrari asegura que la angustia que contiene Los heraldos negros está tratada como si fuese un movimiento pendular, pues ‘el poeta quiere librarse de los límites que nos aprisionan en la vida, pero es para caer en la angustia de la muerte’. La obra supuso en la época el hallazgo de la libertad en el lenguaje poético, una nueva forma de expresión que le serviría a César Vallejo para encauzar, poéticamente hablando, su angustia existencial. Magnífico.

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