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El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca

1. Breve biografía del autor.
Pedro Calderón de la Barca nace en Madrid en 1600. Sabemos que en 1614 ingresa en la Universidad de Alcalá de Henares y recibe clases de Lógica y Retórica, para, posteriormente, iniciar estudios eclesiásticos en la Universidad de Salamanca. Su primera obra dramática es Amor, honor y poder (1623) y, un año después de su obra más profunda, La vida es sueño (1635), escribe su famosísima El alcalde de Zalamea (1636). Sabemos que el autor combatió en diversas batallas tras la insurrección de Cataluña y existen sospechas de que pudo haber combatido, tiempo antes, en el Milanesado, aunque esto no se sabe con certeza. En 1644, al morir la reina Isabel de Borbón se clausuran los corrales de comedias y, durante ese tiempo, Calderón se dedica a escribir autos sacramentales. Pedro Calderón de la Barca es un autor famoso y sus obras se representaron en toda Europa. Se ordena sacerdote en 1651 y será a partir de entonces cuando abandone casi por completo las comedias y se dedique de lleno a escribir autos sacramentales y obras para entretener a la corte. Calderón muere en Madrid en 1681. Otras obras del autor son: La dama duende (1629), El príncipe constante (1629), El golfo de las Sirenas (1657) o Hado y divisa de Leónido y Marfisa (1680).

2. Contexto literario de la obra.
El teatro de Calderón de la Barca se distancia del teatro lopesco, sobre todo, desde el punto de vista escenográfico, puesto que Calderón escribía sobre todo para entretenimiento de la corte. Las innovaciones escenográficas y de tramoya que tienen lugar durante el Barroco son incorporadas al teatro calderoniano. Apreciamos dos etapas en la trayectoria dramática del autor. En un primer momento condensa y pule lo que ya propusiera Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias (1609). En un segundo momento se produce una evolución al fundir lo ideológico y lo escenográfico eliminando los elementos realistas y potenciando lo simbólico y lo poético.

3. Comentario de la obra.
La obra se basa en una comedia homónima que escribió tiempo atrás Lope de Vega y que, a su vez, procedía del folclore tradicional. Además, a Crespo, uno de los personajes de El alcalde de Zalamea ya lo veíamos en obras tales como Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán y en Pedro de Urdemalas, de Miguel de Cervantes. Junto con La vida es sueño, El alcalde de Zalamea es una de las obras maestras del autor. Estamos ante un teatro cercano al lopesco en donde aún no se ha producido la transformación dramática que posteriormente tendrá lugar en el teatro calderoniano.

El alcalde de Zalamea es una obra relativamente sencilla que se desarrolla en el verano de 1580 cuando las tropas de Felipe II aguardan en Zalamea la orden de entrar en Portugal. Allí, Álvaro de Ataide viola a Isabel, hija de Pedro Crespo, quien ha sido nombrado alcalde recientemente. Como Álvaro se niega a resarcir el honor de Isabel, el alcalde lo ajusticia. Ante las protestas de los mandos, Felipe II da su visto bueno a los hechos acaecidos tras llegar a Zalamea. Es este planteamiento de origen sexual el que permite a Calderón construir todo el conflicto dramático para tratar temas como la justicia e interesantes relaciones de contrarios como, por ejemplo, honor verdadero contra el honor falso y la prudencia contra la temeridad.

Como asegura Domingo Yndurain, ‘Pedro Crespo posee una profunda conciencia del honor familiar y de su condición de villano honrado, […] por reparar el honor de su hija y cumplir su venganza, está dispuesto a perderlo todo’. Lope de Figueroa, encarna al caballero honrado que desea vengar la afrenta recibida por parte de Pedro Crespo. Ambos personajes, aun situándose en polos opuestos, poseen similares características en determinadas facetas, buen ejemplo de ello es que los dos participan del ideal de prudencia. Por el contrario, Juan y don Álvaro poseen, como cualidad propia, la imprudencia. Llama la atención que el personaje de Isabel casi no actúe y su papel en la obra se limita al de ser la víctima inocente de la tropelía que desencadena el conflicto. Además, sus virtudes como hija ejemplar hacen que la fechoría sea caracterizada de un modo aún más horrendo (si cabe). Don Mendo es importante en tanto en cuanto posee cierto rango social, pues es un despreciable hidalgo venido a menos, pero, como indica el crítico mencionado más arriba, ‘Pedro Crespo ni siquiera considera la posibilidad de casarle con su hija, [rechaza] el ennoblecimiento que podría aportar don Mendo’, pues tiene la creencia de que el honor viene determinado por los actos de cada uno y no es otorgado por la condición social. Rechaza, de este modo, el ascenso social que se le propone. Para terminar, habremos de llamar la atención ante el claro desprecio que muestra don Mendo hacia el estamento social al que pertenece Isabel, algo que le envilece y demuestra su bajeza moral.

La crítica ha analizado el conflicto que representa el ajusticiamiento del violador, pues cabe la duda de si Pedro Crespo actuó haciendo justicia como alcalde (incurriendo en graves defectos de forma) o, por el contrario, se vengó como padre. Yo coincido con Yndurain en pensar que utiliza su cargo como coartada para llevar a cabo la venganza.

La obra posee una cuidadísima estructura que se dispone de forma simétrica y permite que la acción transcurra de forma continuada en donde conceptos como la honra (tema esencial del teatro áureo español) tienen un más que interesante tratamiento. El alcalde de Zalamea es una obra fundamental de nuestra literatura y debe ser un libro de obligada lectura para todo aquél que esté interesado en la literatura española de los Siglos de Oro. Añadiré que también divertirá grandemente al lector casual en cuyas manos caiga, por obra del azar, un ejemplar de esta magnífica obra.

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