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La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro

1. Breve biografía del autor.
José Luis Sampedro nació en Barcelona en 1917. Tras licenciarse en Económicas, obtuvo el cargo de catedrático de Estructura Económica en la Universidad de Madrid y el de Subdirector del Banco Exterior. Ha recibido importantes galardones literarios tales como el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca por La paloma de cartón (1952). La novela con la que comienza su andadura literaria es Congreso en Estocolmo (1952). Una década más tarde publica la obra El río que nos lleva (1962) de la que se hizo una adaptación cinematográfica bastante interesante protagonizada por Alfredo Landa. Destaca que durante tres años (1977-1979) ostentase el cargo de senador por designación real en las Cortes Constituyentes. José Luis Sampedro, persona de una lucidez realmente envidiable, ingresó en la Real Academia Española en 1990. Su novela, La sonrisa etrusca (1985), obtuvo una estupenda acogida entre el público lector y muchos que no le conocían se aficionaron a su literatura. Otras obras del autor son: Octubre, octubre (1982), La vieja sirena (1990) o Real Sitio (1993).

2. Contexto literario de la obra.
La Literatura de los 80 no se caracteriza precisamente por haber dado grandes obras pero, en el frenético maremágnum editorial, sobresalen algunos títulos que sí son merecedores de atención, verbigracia Los santos inocentes (1981) de Miguel Delibes, La ciudad de los prodigios (1986) de Eduardo Mendoza, Filomeno a mi pesar (1988) de Gonzalo Torrente Ballester, Todas las almas (1989) de Javier Marías o la novela que ahora nos ocupa, La sonrisa etrusca (1985). En el momento en el que Sampedro publica esta novela, un grupo de nuevos novelistas, que aparentemente carecían de rasgos estilísticos comunes, querían aportar nuevas ideas a la literatura española, como efectivamente, así ha ocurrido en la mayoría de los casos. Inevitablemente, la falta de perspectiva histórico-literaria nos impide extraer líneas narrativas que clasifiquen la literatura de esos años, pero quizá alguna de esas novelas queden enquistadas como un diamante en la roca en la historia de la literatura.

3. Comentario de la obra.
Lo que primero nos llama la atención tras leer los primeros capítulos de La sonrisa etrusca es la delicada ternura con la que están dibujados los personajes protagonistas y la cálida relación que se establece entre ellos. La obra arranca con Salvatore Roncone, un anciano enfermo de cáncer, contemplando un gran sarcófago etrusco de terracota situado en la sala ‘Los esposos’ del museo romano de Villa Giulia. La imagen de esta obra artística volverá una y otra vez al presente narrativo a modo de oleadas reminiscentes a lo largo todo el texto (algo que es característico en gran parte de la literatura del siglo XX).

El anciano, que pertenece a la más cerrada sociedad del sur de Italia, descubre cómo el cuidado y la protección de su nieto, aún un bebé, le pone ante sus ojos una nueva concepción de la vida que hasta entonces le había permanecido velada pues, en su pueblo natal, el cuidado de los niños siempre estuvo a cargo de las mujeres. Los cuidados con los que Roncone agasaja ahora a su nietecito contrastan violentamente con el modo que tienen de tratarlo tanto su hija como su marido y que se basa en teorías neo-psicológicas que, para el protagonista, no se sabe muy bien de dónde parecen haber salido.

La sonrisa etrusca es una obra de contraposiciones. Sampedro presenta la comparación campo-ciudad y en la que destaca -como apunta el propio autor- el violento choque intercultural que se produce entre el tradicional modus vivendi de la vida rural y de la ciudad; pero cuidado, no entendamos mal pues, en la obra, ambos mundos aparecen como imperfectos y en modo alguno se ve rastro del ‘menosprecio de corte y alabanza de aldea’ clásico. El anciano, Salvatore Roncone, originario de Calabria, es -como apunta Ángeles Caso- un hombre ‘consciente de su próximo final, y al mismo tiempo, lúcidamente preparado para él. Así, es testigo de cómo su pasado, su mundo partisano se transforma en un pequeño y cálido paraíso de ternura de la mano de su nieto’. Es aquí, en este ámbito, donde tiene lugar la segunda contraposición fundamental que sustenta la novela: el enfrentamiento vejez-infancia.

El cambio en la personalidad del viejo se produce porque toda su vida ha transcurrido ligada a conceptos por completo arcaicos. La soledad en la que se encuentra el anciano se ve mitigada por la ternura y la alegría que le produce su nieto Brunettino. Así, se torna más humano y encuentra una nueva perspectiva desde la que contemplar la vida. Su concepción social cambia -de un modo en absoluto traumático- mostrando que el ser humano jamás pierde la facultad de aprender. Como dice la autora mencionada más arriba, el macho Salvatore se feminiza hasta el punto de querer desempeñar el papel de abuelo y abuela al mismo tiempo, algo que, por cierto, era impensable en su pueblo natal. Y, a pesar de que el anciano se siente desplazado en esa deshumanizada sociedad urbana que muestra la obra, es capaz de encontrar a alguien interesado en sus historias, un estudioso del folclore tradicional, en este caso. Debemos considerar este hecho como algo sumamente importante, pues José Luis Sampedro entiende que, en esta vida, todo el mundo tiene algo que aportar y que hay -en algún lugar- alguien dispuesto a escuchar.

La novela narra con suma exquisitez el último tramo de la vida de Salvatore motivando al lector a que comparta con el viejo la necesidad de vivir un poco más, esquivando los lances de una grave enfermedad, para ver crecer a su nieto. Quizá intente el propio Sampedro combatir la enfermiza situación en la que se encuentra este mundo en el que vivimos, un mundo que, como ha manifestado en más de una ocasión, le produce gran desconfianza y enorme tristeza.

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