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La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso

1. Breve biografía del autor.
Monterroso nació en Tegucigalpa (Honduras) en 1921, aunque él siempre afirmará sentirse guatemalteco, pues los continuos viajes que la familia hacía al país de origen del padre harán mella en el joven Augusto. En 1936, sus padres fijan definitivamente su residencia en Guatemala. La precaria situación familiar le impide terminar sus estudios primarios y debe ponerse a trabajar. Comienza a publicar sus primeros cuentos en el periódico ‘El imparcial’ y su primera obra será El príncipe y el eclipse (1947). Poco después se enfrenta al régimen dictatorial de Ubico y tras caer éste, su sucesor lo manda prender y debe buscar socorrido asilo en la embajada mexicana. A partir de aquí vivirá en México y, aunque tiempo después se calmarán las cosas en Guatemala, no abandonará el país que lo acogió. Publica uno de sus libros más famosos y reconocidos: La oveja negra y otras fábulas (1969) con gran éxito debido a su mordaz disección del mundo contemporáneo. En 1993 ingresa en la Real Academia Guatemalteca de la Lengua. El fin de siglo le trajo multitud de premios que atestiguan la calidad de su prosa y su claridad de pensamiento: en 1996 recibe el Juan Rulfo, en 1997 el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias y en 2000 el Premio Príncipe de Asturias. Otras obras del autor son: Uno de cada tres (1952), Animales y hombres (1957), Lo demás es silencio (1978), Viaje al centro de la fábula (1981) o La palabra mágica (1983).

2. Contexto literario de la obra.
Es innegable la importancia de la literatura guatemalteca no sólo en las letras hispanoamericanas, sino en la Literatura Universal del siglo XX. Así, Miguel Ángel Asturias fue uno de esos magníficos escritores que sentó las bases de lo que estaba a punto de suceder: el ‘Boom de la Literatura Hispanoamericana’. Pero no todo en la literatura de Guatemala es Miguel Ángel Asturias. Otros escritores de gran talla sobresalen y tanto la crítica como el público gustan de sus obras; me refiero a Mario Monforte Toledo, Arévalo Martínez, Carlos Solórzano y por supuesto Augusto Monterroso de quien dice Bellini -y con razón- que es ‘un irónico observador de la condición humana a través de una forma literaria decididamente provocativa’. Habría que hacer especial mención al testimonio (muy cuestionado, no hace demasiado tiempo) que, de la difícil situación de la masa indígena, hiciera Rigoberta Menchú y que fue recogido por Elizabeth Burgos-Debray en Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983). Este sobrecogedor testimonio le valió a Rigoberta Menchú el Premio Nobel de la Paz.

3. Comentario de la obra.
Leí en algún sitio, durante mis años de facultad, que La oveja negra es un libro al que se vuelve siempre. Efectivamente, éste es uno de esos libros que nos enriquecen con cada nueva relectura. Es una obra compuesta por miniaturas (también llamadas microcuentos) que -en su brevedad- encierran una mordaz crítica a temas tan variados como la religión, la política o el racismo. La denuncia que el autor hace de la miseria humana está depurada hasta tal punto que lo que encontramos en esta obra es una esencia que no deja indiferente a nadie. Así, el cuento que da título a este librito puede hacer al lector sonrojarse con facilidad, indiferentemente de su nacionalidad, pues todos los países de la tierra pueden ver reflejada su historia más oscura y vergonzante en apenas diez líneas de pura literatura. Es interesante pararnos un momento para reseñar lo que a todo esto dice este escritor minimalista, pues afirma -en un claro aviso para navegantes- que en todo lo que escribe ‘hay llamados a la rebelión y a la revolución, pero desgraciadamente en una forma tan sutil que mis lectores se vuelven reaccionarios’.

También encontramos en la obra una revisión de los mitos clásicos en una original y transgresora visión de una Penélope independizada y astuta. Como no sólo de literatura clásica vive el hombre, el autor también guarda un momento para hacer una cuidada lectura -un poco, a modo de sentido homenaje- de La metamorfosis de Kafka.

Pero es, quizá, la revisión de las tradicionales, anquilosadas y férreas enseñanzas sagradas donde Monterroso centra sus críticas. Así, algunos pasajes de la Biblia son satirizados, llegando incluso a reírse sarcásticamente de aquello a lo que llaman ‘Fe’.

El tono elegante de su prosa (que por cierto está ausente de metáforas y demás figuras literarias que engolen el texto) no oculta el afilado y brillante estilete con el que disecciona la sociedad actual para exponerla ante nuestros ojos incrédulos, dejando a la vista todo lo sórdido que en ella hay, soliviantando y encendiendo los ánimos de la clase acomodada.

Si en algún momento hemos llegado a pensar que estos cuentos poseen un carácter humorístico, el propio autor se ha encargado de negarlo en varias ocasiones pues opina que lo que ha publicado ‘es más bien triste’. Monterroso, escritor de brillante conversación, asegura a menudo que él es ‘tan chiquito que no le cabe la menor duda’. En efecto, en su raciocinio siempre pone -sin dubitación alguna- el dedo en la llaga que más nos duele, hasta el punto de hacernos sentir vergüenza, una vergüenza que -por otra parte- nunca viene mal para no olvidar los tremendos errores en los que la humanidad ha incurrido. Si algo podemos elogiar de este escritor es su completa libertad de pensamiento que le permite ostentar una postura irreverente para -con suma claridad y concisión- mostrarnos lo inconsistente de nuestras propias convicciones.

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