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El que domina el lenguaje, domina el mundo

Dominar el lenguaje y, por supuesto, manejar a conveniencia los medios de comunicación son la clave para el control del poder, eso lo saben muy bien los poderosos. No vamos a hablar en esta entrada de política, sino de lingüística, de manipulación lingüística, de la seducción de las palabras.

Para entender cómo se produce esta manipulación del lenguaje vamos a centrarnos en un caso práctico reciente: el 15-M. Es necesario tener cierta perspectiva así que hemos de volver la vista atrás: Todos los lectores de este blog tienen conocimiento de la gravísima situación económica por la que atraviesa nuestro país. Puede decirse que el movimiento 15-M nació con la llamada Ley Sinde y el recorte de derechos y libertades que preveía para los ciudadanos (que no internautas, de esto hablaremos en una próxima entrada). Durante las semanas previas a la aprobación, la actividad en la red fue frenética y las manifestaciones en la calle consiguieron hacerse un hueco en la prensa.

El gobierno no escuchó a la ciudadanía y aprobó la Ley Sinde con el consiguiente enfado de la población que se lanzó verter en las redes sociales todo un mar de quejas. Nació entonces la plataforma ‘No les votes‘ pidiendo que, en las siguientes elecciones municipales y autonómicas, no se diera el voto a los partidos políticos que habían apoyado la Ley Sinde: PSOE, PP y CiU. Pasó el tiempo y, aparentemente, la situación pareció calmarse. Días antes de las elecciones, el 15 de mayo, se convocó una manifestación en Madrid con el objetivo de pedir a los ciudadanos que no votasen a los partidos que aprobaron la Ley Sinde, además, se aprovechó la ocasión para protestar por la grave situación económica del país, para que se cambiase la ley electoral (con listas abiertas) y para que se castigara de forma firme los casos de corrupción que, por cierto, en las noticias tenían un lugar preeminente durante aquellas semanas.

Las protestas del 15-M tuvieron gran repercusión en medios internacionales y en ellas hubo algunos disturbios, lo que actuó de catalizador, pues, en pocas horas, la protesta se extendió a todo el país y la indignación se instaló en gran parte de la población; los indignados comenzaron a acampar en las plazas de muchas ciudades españolas.

Los ciudadanos que participaban en las manifestaciones y las acampadas serían denominados ‘indignados‘ basándose en el libro Indignaos, de Stéphane Hessel uno de los doce redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El término en sí no es peyorativo, pero se ha negativizado al haber sido intencionadamente relacionado con movimientos marginales.

No protestan, no se manifiestan los ciudadanos, se manifiestan sólo los ‘indignados’. Si uno no protesta y no se manifiesta en la calle no es un ‘indignado’. Desde el mismo momento que se etiqueta a una parte de la población, se consigue que el grupo etiquetado quede apartado, aislado del gran conjunto de la sociedad mediante una focalización de las noticias. Tal vez no se consiga de una forma inmediata, pero no tarda en hacer mella.

Los titulares no tardaron en girar el sentido con el que parecía tratarse la indignación y el sentir general de la ciudadanía y lo que llegaba a través de los medios de comunicación era que los indignados no eran más que un grupo de descontrolados.



Hasta que se produce lo inevitable. La saturación por la enorme cantidad de información ofrecida así como algunos actos más o menos desafortunados protagonizados por algunos ‘indignados’ hacen que el término ‘indignado’ sea despojado de sus connotaciones originales para pasar a recoger nuevas acepciones que lo ubican rozando la marginalidad.

Y se llega al término de un proceso de desgaste, según este titular, los ciudadanos están hartos de los ‘indignados’. La ciudadanía, aquella que protagonizó unas protestas que abrieron los informativos de todo el mundo, estaba harta de sí misma, harta de la indignación porque el término ha quedado viciado.

Se ha conseguido poner a una parte de la sociedad en contra de los que siguen protestando. No es que se haya anulado o conseguido desactivar la protesta, pero sí parece haberse logrado cierto rechazo a esa forma de protestar o, por lo menos, a los actos de los ‘indignados’. Ahora mismo, a pesar de que las protestas fueron protagonizas por personas de toda condición social y edad, ahora parece que, por la presión lingüística ejercida y por el agotamiento del término, para muchos, un indignado es una persona que protesta por cualquier cosa, un perroflauta.

El juego de la política se basa en explotar las diferencias en lugar de unir a los pueblos para obtener rentabilidad política. El 15-M quería una democracia mejor, un país mejor, una economía más fuerte y leyes más justas. ¿Quién no quiere eso? A las personas que lo piden se les pone el calificativo de ‘indignados’ y se les separa de la ciudadanía para que una buena parte de la sociedad no se sienta identificados con ellos. Es más, en los últimos días de la acampada en la Puerta del Sol, el lugar se volvió inhabitable. La policía dejó que entraran y pernoctaran en la plaza personas que no parecían tener ningún interés en las reivindicaciones sociales, más bien eran maleantes y gentes de mal vivir que hicieron de la Puerta del Sol un lugar peligroso, así, a la plataforma del 15-M se le quitarían las ganas de seguir acampada. Desalojada la plaza, la policía volvió a expulsar al extrarradio a todos aquellos a los que, normalmente, uno no se los encuentra en Sol.

Créditos de foto | sinsistema Créditos de foto | gaelx

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